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CONFERENCIAS EPISCOPALES DE AMÉRICA LATINA Y EL CARIBE
Lunes 29 de Septiembre del 2014
Exposición “Uruguay en Guaraní”
Presencia indígena y misionera en el territorio Oriental del Uruguay Museos Vaticanos 11 al 27 de Septiembre de 2014

El jueves 11 de septiembre en el Hall de ingreso principal de los Museos Vaticanos la Embajada del Uruguay ante la Santa Sede, la Gobernación (Governatorato) de la Sede Apostólica y el Museo de Arte Precolombino e Indígena de Montevideo, inauguran una exposición muy especial: más de medio centenar de tallas guaraníes en madera de los siglos XVII y XVIII y otros objetos arqueológicos provenientes de las misiones jesuíticas en el territorio Oriental del Uruguay. Son piezas que actualmente se encuentran en poder de museos e instituciones eclesiásticas o en las manos de coleccionistas privados de nuestra Patria.

Esta muestra, que se inscribe en el marco de los homenajes que nuestra Embajada tributa a José Gervasio Artigas en el ducentésimo quincuagésimo aniversario de su nacimiento, presenta varios aspectos novedosos y, en cierto modo, pioneros. Es la primera vez que un Museo uruguayo sale al exterior. Es la primera vez que las tallas desembarcan en Europa. Es la primera vez que estas piezas son reunidas como colección. Es la primera vez que nuestro país difunde oficialmente parte de su patrimonio cultural indígena, religioso y misionero por medio de una exposición. Es la primera vez que la Embajada del Uruguay ante la Santa Sede patrocina y ayuda a financiar un evento de estas características. En fin, hay también otras variadas novedades que iremos descubriendo a lo largo de quince días de exposición en los Museos Vaticanos.

Además del placer estético que la exposición seguramente producirá en el espíritu de los asistentes, creo que la ocasión es propicia para reflexionar sobre algunos aspectos de aquella sociedad y cultura indígenas que produjo estas peculiares manifestaciones de civilización antes de ser aniquilada en nombre de valores diferentes a los allí practicados.

Desde el punto de vista fenoménico las reducciones de la Compañía de Jesús se presentan al observador como un caso singular. En ellas converge la formación de raíces culturales propias de la América indígena y una práctica misionera inédita en la historia de la Iglesia Católica. Sedentarización productiva, alfabetización, gestión auto-sustentada, socialización, educación y evangelización constituyen una unidad empírica indisoluble que se verifica en todas las comunidades misioneras durante más de un siglo y medio. Sólo a la postre, es decir, una vez destruida la civilización jesuítico-guaraní, los estudiosos distinguirán conceptualmente evangelización y civilización delimitando el ámbito religioso como objeto específico dentro de una totalidad que engloba producción, gestión, administración, confesión, sacralidad y cultura civil  o civilizatoria.

Entre otras peculiaridades, el idioma guaraní se vuelve lengua escrita por obra de los jesuitas y la comunidad indígena induce sus paradigmas gramaticales en medio de una impresionante experiencia de complementación intercultural donde un pequeño núcleo de religiosos –a veces no más de dos– convive durante años con tres mil a cuatro mil indígenas en cuyas manos está, no sólo la administración de la aldea y el territorio que la sirve, sino también las armas para su defensa. De acuerdo a los testimonios, durante un período que se extiende desde 1608 a 1767, los Padres de la Compañía de Jesús, consiguen animar las comunidades indígenas a partir de un modelo común.

 

Munidos de una inmensa afección por la misión de propagar el conocimiento de Dios –concebido como criador y Señor– y el amor a Jesucristo ­–Hijo y Salvador– en un contexto político continental de hostil dominación colonial que la mayor parte de las veces pasa por diversos tipos de sumisión violenta, jesuitas y guaraníes aparecen como una extraña excepción. Indígenas y religiosos, no sin conflictos, permanecen unidos en un emprendimiento común, auto-sustentado, donde la población aborigen vive y trabaja libremente y sus miembros son acogidos como feligreses que Dios ha confiado a la cura pastoral de sus misioneros para buscar y encontrar la divina voluntad y Su mayor gloria.

Trabajo, producción ganadera y agrícola, caza, recolección, celebración y ceremonias litúrgicas, aprendizaje, escritura, lectura, teatro, canto, tallado de la madera y pintura, confección de instrumentos musicales y herramientas de labranza, etc. constituyen el día a día de importantes grupos humanos que se desarrollan a lo largo de un proceso histórico que duró casi ciento sesenta años.

Visto desde una perspectiva socio-religiosa, el método misionero de los jesuitas cimenta su originalidad en la integración indisoluble y armoniosa del lenguaje ancestral con el texto bíblico, de la voz indígena con el libro sagrado. Se trata de un modelo totalizador que comprende, entre otros, el método gnoseológico, las manifestaciones gestuales y musicales, la celebración litúrgica, los ritos o ceremoniales y, aún, la representación dramática. Desde la alfabetización y educación inicial hasta las expresiones más complejas, sean ellas cultuales, pedagógicas o teatrales, los textos son presentados exclusivamente en guaraní y los religiosos sólo pueden dirigirse a los indígenas en su idioma nativo. Marco epistémico y texto sagrado se presentan a la consciencia y la memoria indígena como una unidad psico-pedagógica y emocional indisoluble. Este universo de referencia pasa a constituir entre ellos, al mismo tiempo, herencia ancestral de palabra humana y descubrimiento de una revelación trascendente vehiculada por un libro que para los misioneros constituye Palabra de Dios. Como diría el célebre canon calcedonio: “sin confusión ni separación”.

Resulta impresionante esta inédita metodología jesuítica: La palabra revelada, hecha historia, constituye el vehículo para aprender la propia lengua y enraizar su identidad ancestral. Es, a la vez, el instrumento técnico para entender un texto escrito y el medio semántico para entenderse a sí mismos. En aquella época no se hablaba de inculturación, simplemente se la practicaba a través de un mecanismo a la vez cultural y catequético. Se civilizaba evangelizando y se evangelizaba educando para la vida que hoy llamamos ciudadana.

La experiencia civilizatoria de la Compañía de Jesús duró ciento cincuenta y nueve años.  No se trata de un accidente histórico fugaz. En cierto modo es legítimo abrigar la hipótesis que si el proceso misionero guaraní, en vez de haber transcurrido en medio de las selvas sudamericanas, se hubiese desarrollado, por ejemplo, en alguna región del viejo continente, hoy sería observado como paradigma de construcción social por teólogos, sociólogos, politólogos o psico-pedagogos y, más allá de las dudas que genera entre algunos estudiosos cierta simbiosis entre sociedad y cristiandad propia del mundo colonial americano, probablemente integraría los programas de la enseñanza curricular a la par de los clásicos fenómenos del universo renacentista, de la Ilustración o de las revoluciones políticas, industriales y sociales de la modernidad.

Más allá del drama misionero y el aparente fracaso de la experiencia catequética y civilizatoria, la influencia del modelo jesuítico seguirá dando frutos –algunos de ellos irreversibles– durante las décadas que siguen a la supresión de la Compañía, la destrucción de los poblados y la dispersión y esclavización de los indios. De hecho el héroe del Pueblo Oriental, José Gervasio Artigas, cuyo nacimiento es prácticamente contemporáneo a la destrucción de las aldeas, acoge y cobija entre sus seguidores numerosos guaraníes que escapan al horror de las persecuciones. Por otro lado, la igualdad practicada en las misiones encuentra su prolongación lineal durante el proceso del ciclo artiguista, tanto en la legislación que inspira y dicta el Prócer como, sobre todo, en su conducta empírica.

Yo deseo que los indios, en sus pueblos, se gobiernen por sí para que cuiden de sus intereses como nosotros de los nuestros. (...) Recordemos que ellos tienen el principal derecho y que sería una degradación, vergonzosa para nosotros, mantenerlos en aquella exclusión que hasta hoy han padecido, por ser indianos”. (Carta al Gobernador de Corrientes, 3 de mayo de 1815). 

No es casual que una vez derrotado Artigas –a quien los mismos indígenas llamaban Padre de los indios– y desarticulada la Liga Federal en tanto realización política de una Patria Grande, sea entonces acogido en la selva del Paraguay donde vivirá los últimos treinta años de su larga vida como maestro y catequista de estos guaraníes.

¿Destino de periferia? Quizás. Pero en este momento de multiplicación informativa a escala planetaria, esperanza, también, en la convergencia de modelos étnico-culturales llamados a encontrarse y a redescubrir tanto la riqueza y la originalidad como la especificidad y los límites propios de cada uno.

Espero que esta muestra del arte guaraní en el Uruguay constituya un eslabón en la tarea de integrar nuestras culturas y sociedades que, a pesar de las legítimas diferencias y diversidades, hunden sólidas raíces en un rico pasado común. Sólo me resta, ahora, agradecer a todos aquellos que con su trabajo y dedicación la han hecho posible. 

 

Daniel Ramada Piendibene
Embajador del Uruguay ante la Santa Sede



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