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CONFERENCIAS EPISCOPALES DE AMÉRICA LATINA Y EL CARIBE
Viernes 30 de Enero del 2015
La Iglesia no es indiferente a este drama

Tapachula, Chis. 30 de Enero de 2015

Convocados por la Dimensión Episcopal de la Movilidad Humana de la Conferencia del Episcopado Mexicano, para buscar caminos de acompañamiento a los miles de hermanos que diariamente están en tránsito o buscan albergue y apoyo, los Obispos de la Frontera Sur de México, junto con los agentes de la Pastoral de Migrantes, reconocemos que migrar para mejorar la vida es un  derecho humano necesario para la búsqueda de condiciones que permitan superar o proteger las necesidades básicas de la vida: salud, alimentación, trabajo, educación, familia.

Ese derecho debe ser protegido por todos; particularmente cuando es desconocido de una manera dolorosa, en los más débiles, por el egoísmo y la ambición de personas y grupos, como lo constatamos a diario en cientos de hermanos centroamericanos que extorsionados y agredidos de múltiples formas ponen en riesgo la vida misma en su paso por estas tierras del Sur. Estos hechos no pueden ser motivo de indiferencia, sino de dolor y vergüenza.

Lamentablemente parece que el calvario que también padecen en el Norte los mexicanos, en su búsqueda de un trabajo mejor remunerado, no ha servido para tomar conciencia en el Sur del sufrimiento de los hermanos centroamericanos que, ante el drama de la pobreza y la violencia, tienen que abandonar su Patria buscando mejores horizontes para su vida. De igual manera son aquí presa de personas sin escrúpulos o experimentan el rechazo y aún, como en el norte, les buscan cazar como si fueran animales y no seres humanos.

La Iglesia no es  indiferente a este drama.  Los constantes llamados del Papa y los Obispos ante esta realidad son una voz a la conciencia de los cristianos y de aquellos que deben ofrecer respuestas eficaces a la sociedad ante esta situación. Una voz lamentablemente no escuchada, sobre todo, por quienes con sus prácticas criminales  hacen más doloroso cada día el paso, de por si inseguro, de tantas y tantos hermanos centroamericanos.

Ciertamente son múltiples las respuestas inmediatas y generosas de cristianos católicos  y de mucha gente de buena voluntad que dan asistencia a quienes pasan cargando su esperanza o sus heridas físicas y emocionales:  Casas de Migrantes; laicas y laicos voluntarios que ponen su vida, su tiempo, sin más salario que la satisfacción de ofrecer reposo y levantar el ánimo del hermano migrante; religiosas, religiosos, sacerdotes desconocidos que ofrecen apoyo sin esperar  reconocimientos sociales; parroquias y humildes capillas que comparten el techo  y el alimento que la misma comunidad ofrece, sin recibir subsidios gubernamentales. Todo eso es un signo evangélico de lo que la Iglesia, comunidad de creyentes, se siente urgida a hacer para responder a la palabra de Jesús: “era forastero y me diste hospedaje”. No podemos menos que reconocer y agradecer a tantas personas que solidarias ven en el migrante al hermano ofreciéndoles empleo con salario justo, dándoles el servicio de salud,  o buscando los cambios jurídicos necesarios para darles mayores garantías.  

Sin embargo, reconocemos que estas respuestas inmediatas, necesarias, son aún insuficientes ante el fenómeno de la migración; pues la migración, siendo un valor, aparece como uno de los dolorosos síntomas de la enfermedad social y económica que también padecen nuestros vecinos centroamericanos. Enfermedad agravada más ahora por la presencia del crimen organizado, que le pone precio a la vida de cada ser humano.  Sin ser expertos en análisis socioeconómicos vemos la gran contradicción entre el avance tecnológico del mundo occidental y el enorme atraso de muchas comunidades, particularmente en las zonas rurales e indígenas, en el campo de la salud, del trabajo, de la educación. Vemos la contradicción entre la globalización, el libre tránsito de las comunicaciones, del comercio, del dinero, y las dificultades de todo tipo que tienen que sortear los que buscan migrar para mejorar. Vemos la contradicción entre las promesas de los gobiernos y de quienes aspiran a cargos públicos en nuestros pueblos, ante la realidad hecha miseria y desaliento sobre todo para las jóvenes generaciones.

Por todo esto, nuestra voz seguirá siendo la del Evangelio que nos pide a todos un cambio de actitudes; es decir, pasar del egoísmo a la solidaridad; de la búsqueda de las ventajas individuales a sentirnos hermanos del más necesitado. Las diócesis y las parroquias deben promover una evangelización integral que partiendo del reconocimiento de la dignidad de todas las personas, atienda con especial cariño a los más débiles. Ellos son el rostro de Cristo. Cualquier migrante debe ver en nuestras comunidades católicas “una Iglesia sin fronteras, madre de todos” donde ninguna persona se siente excluida sólo por el hecho de venir de otro país. Para el cristiano no existen extranjeros, pues nuestra fe nos llama a reconocernos hermanos.

A las autoridades les seguiremos recordando su deber de asumir con mayor seriedad el tema de la migración en todos los aspectos; sobre todo, trabajando con decisión en la promoción de fuentes de trabajo digno, único camino claro para erradicar la pobreza, factor fundamental de este drama humano. Es urgente además que se busque y se garantice la seguridad física y legal de quienes transitan por nuestro territorio. La hospitalidad y los valores humanos de los mexicanos no pueden seguirse deteriorando por presiones o intereses políticos externos. La política en este campo debe definirse por los valores y principios de solidaridad y respeto a la vida y a la dignidad humana, consagrados por la  Constitución.

A los hermanos de otros países que atraviesan nuestro territorio les pedimos que su actitud, su presencia nos ayude a descubrir la riqueza de sus valores, de su cultura y de  su ánimo para mejorar su vida y la de su familia. Su paso entre nosotros nos ayuda a reconocer que todos estamos de  paso en esta vida. Ponemos nuestros  trabajos pastorales a favor de los migrantes en manos de la Familia Sagrada de Jesús, María y José que pasaron la prueba de la migración y el exilio en búsqueda de la seguridad necesaria para que Cristo pudiera vivir, crecer y cumplir la misión que el Padre le confió. Con ellos, “Caminemos con Cristo migrante en el mundo”. 

S.E Mons. Guillermo Ortiz Mondragón
Obispo de Cuautitlán
Responsable de la DEPMH 

S.E Mons. Gerardo de Jesús Rojas López                      S.E Mons. Emilio C. Berlie Belaunzarán
Obispo de Tabasco                                                           Arzobispo de Yucatán

S.E. Mons. Leopoldo González González                       S.E. Mons. Luis Felipe Gallardo Martín
Obispo de Tapachula                                                       Obispo de Veracruz

S.E. Mons. Felipe Arizmendi Esquivel                           S.E. Mons. Oscar Armando Campos Contreras
Obispo de San Cristóbal de las Casas                               Obispo de Tehuantepec

S.E. Mons. Enrique Díaz Díaz                                        S.E.  Mons. Francisco González González
Obispo Coadjutor de San Cristóbal de las Casas                 Obispo de Campeche



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