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CONFERENCIAS EPISCOPALES DE AMÉRICA LATINA Y EL CARIBE
Viernes 01 de Mayo del 2015
CARTA AL PAPA FRANCISCO

                         Para conocer al Pueblo de la Tierra paraguaya


Bienvenido, querido Papa Francisco, a esta tierra guaraní, habitada por un pueblo pluricultural y multétnico de profundos valores humanos pero sufriendo un sistemático empobrecimiento, sobre todo los “hijos de la tierra”, los que a continuación quiero presentarle en sus tres diferentes facetas:

1. Estas tierras paraguayas fueron primeramente habitadas por pueblos, de los cuales sobreviven hoy apenitas 120.000 así llamados indígenas, en la diversidad de veinte pueblos con culturas e historias diferentes; forman 2% de la población paraguaya.  Su relación con la tierra ha sido y sigue siendo totalmente contraria a la concepción de la postmodernidad neoliberal.

 

Hasta hace poco (1945) ocho millones hectáreas de bosque cubrían estas tierras, en donde ellos podían desarrollar sin grandes estorbos su proyecto de vida. Su convivencia se realizaba en relaciones de interdependencia entre ellos y con la naturaleza, partiendo de su profunda experiencia de que todos los seres vivientes dependemos unos de otros. Con eso siguieron buscando y viviendo el principio de vida fundamental de esta tierra: la reciprocidad. Lo consideran el mejor camino para mantener y renovar permanentemente esta amplia convivencia comunitaria. Aquellos pueblos indígenas siguen soñando con su utopía de una “Tierra sin Mal”, una vida en Plenitud. Pero nuestros gobiernos siempre han tenido otros planes y llenaron a esta tierra con males. Contrariamente a la cosmovisión indígena, éstos la consideran una mercancía, objeto de inversión, que se compra y vende “limpio” o “no-limpio” según si tiene habitantes.

Hoy las comunidades indígenas viven como en guetos: o los accesos a sus comunidades, rodeadas de estancias, están bloqueados con portones llaveados y con horarios de atención, o las mismas viven como islas en un mar de soja con el aire, agua y suelo envenenados por los agrotóxicos de los inmensos monocultivos que atraen muchas enfermedades. A pesar de tener título de propiedad de su tierra, sufren a menudo desalojos porque ese título había sido comprado anteriormente por diferentes “propietarios”.

Hay muchas causas que obliga a familias indígenas abandonar su territorio ancestral y dirigirse a las ciudades en donde no son bienvenidos. Los primeros habitantes de estas hermosas tierras paraguayas viven hoy como extranjeros in-deseados en su propia tierra. Sus pocos chamanes que sobreviven aún, siguen orando desde los bosques por nosotros, los nuevos dueños de sus tierras; pues les aflige y les quebranta que nosotros, los blancos, “no sabemos vivir ni convivir en tierra sagrada”. Pues sus ancestros ya habían descubierto el valor intrínseco de la vida de la tierra. Se sienten parte, no dueño ni centro en esa sagrada trama de la vida. Desde esa consciencia experimentan su pertenencia y conexión con todo el cosmos y con el Creador del mismo. Esta visión espiritual indígena no está lejos de las ciencias modernas ni tampoco de la tradición de nuestros grandes místicos cristianos como Francisco de Asís, Hildegard von Bingen, etc. Pero está muy lejos de la concepción de los agro-negocios de este país.

2. Cuando hace 500 años los primeros españoles vinieron a colonizar la exuberante tierra de nuestro Paraguay, aprendieron de los guaraníes cómo trabajarla, y cómo adaptar los saberes de plantación según un calendario agro-cósmico. Asumieron también algunos principios básicos de convivencia en el campo, tanto en lo social, como en lo económico y organizativo, fundamentados en el jopoi (reciprocidad), el potyró (trabajo comunitario) y el aty guazú (asamblea) de los indígenas. Así nació el campesinado paraguayo, cuyos profundos valores humanos, como la contemplación y la sabiduría, purificados y renovados en una permanente lucha contra sequías, incendios, plagas, inundaciones, robos, desalojos, etc. Hoy hay muchos campesinos sin tierra en un país en el que 80% de la tierra fértil está en manos de 2% de la población. Urge una reforma agraria. En esos días nuestras calles se llenaron otra vez de rostros curtidos y quemados de nuestros campesinos que llegaron en transganados  a la capital para “visibilizarse” con su marcha anual por duo-vigésima vez con el lema “En busca de una patria nueva”. Con estos gestos heroicos ellos mantienen nuestra fe y nuestra esperanza de que será posible un nuevo Paraguay. Emblemático es el caso de Curuguaty  del 15 de junio 2012, en el que unos 60 campesinos sin tierra, incluido mujeres y niños, que habían ocupado un terreno fiscal, fueron desalojados por más de 300 policías especializados, con armas sofisticadas y helicópteros, escenificando una masacre con el resultado de 17 asesinatos, once campesinos y seis policías. Sirvió de pretexto para el juicio político al presidente Fernando Lugo y el apresamiento de 11 campesinos culpados - aunque sin pruebas- de homicidio de lesa humanidad a 6 policías. Estos campesinos, inocentes, siguen como presos políticos esperando un juicio ilegal. Aquel día tan trágico queda como trauma en el corazón del pueblo paraguayo, ya que ha dado un rumbo no deseado a nuestra historia.  Se ha convertido en causa nacional que obstaculiza seriamente los fundamentos de la justicia e imposibilita que el pueblo pueda construir un nuevo Paraguay. Por esa razón, le rogamos, Papa Francisco, que pregunte a ese sufrido pueblo por su versión del crimen de Curuguaty, que será muy diferente a la versión oficial en los medios comerciales.

Desde la nueva democracia 1989 fueron asesinados en su casa o camino -casi siempre de noche- nada menos que 139 líderes campesinos por haber denunciado proféticamente las injusticias y desigualdades hirientes. Hasta hoy estos hechos quedaron impunes. Muchos otros siguen siendo perseguidos y criminalizados “como si estuvieran en guerra” (Mi 2,8) siempre por la misma causa. Pero aunque quieran silenciar la muerte de los inocentes, creemos firmemente que la voz de la sangre de nuestros hermanos grita desde la tierra hacia Nuestro Padre (cf. Gen 4,10) y no se callará hasta que haya justicia.

3. La inmensa mayoría de la población de los Bañados que vive a la orilla del río Paraguay en la periferia de nuestra capital, se compone de ex-campesinos y también de grupos indígenas. Forzosamente, por distintas circunstancias, tenían que abandonar su tierra y su modo de vivir para venir al asfalto de la ciudad. Con la espera de una nueva vida en la ciudad, tuvieron que experimentar que en la ciudad no se valora ni se solicita sus conocimientos y saberes sobre la producción en la tierra.

A las orillas del río, en zonas inundables y fangosas, intentaron construirse una nueva existencia con sus propias manos y las de los vecinos. Muchas cargas de escombros y arena, pagadas a cuotas a veces, posibilitaron poco a poco poner un fundamento para una casita de cuatro tablas y hule negro, lo que después -cuando se pueda- será reemplazado por ladrillos. Siempre queda reservado un hueco para flores, verduritas, árboles frutales y también para perros, gatos, gallinas, patos, chanchitos etc. Cuando el río sube cada 15 años hasta 8 m, ellos se ven obligados de abandonar sus casitas y tener que acampar en las veredas o parques de la ciudad. Cuando vuelven, después de meses, no encuentran solamente la casa sucia y mojada, sino también sin puertas y ventanas que fueron robadas. Muchos viven del reciclaje del maloliente basurero municipal, otros como astilleros y otros de la pesca. Pero principalmente son las mujeres –muchas jefas de familia- las que aportan el sustento de la casa trabajando como servicio doméstico en el “barrio alto“. Hasta 2012, estos habitantes eran inexistentes según los registros de la municipalidad.

Hoy la municipalidad quiere vender estos terrenos a empresas multinacionales y los bañadenses están amenazados de ser desalojados de su terreno no titulado, terreno que ellos han hecho habitable gracias a muchos sacrificios. Ya en tercera o cuarta generación, ellos no han transformado solamente un terreno inhabitable en habitable, sino han construido también –mediante la constante ayuda mutua y solidaria y sus organizaciones populares- una nueva cultura bañadense. Ahora les aflige el problema de la droga que ataca especialmente a la juventud. En esta situación tan crítica y conflictiva, muchos habitantes sacan su esperanza, su fuerza y su valentía de las oraciones y reflexiones comunitarias de las Comunidades Eclesiales de Base. La lucha por una tierra sin Mal no ha terminado para ellos.

Todos estos tres sectores: indígenas, campesinos y bañadenses, están formando el “pueblo de la tierra” paraguayo. Viven una situación muy parecida a la del pueblo de Jesús quien sintió siempre la presencia del Padre en medio de su pueblo (Mt 11, 25). También las luchas y resistencias de nuestro “pueblo de la tierra” han acrisolado el corazón de la población paraguaya. Con audacia y espíritu crítico se ha enfrentado con los anti-valores del neoliberalismo, aferrándoselos a los valores del Evangelio y a los de la “Tierra sin Mal” que no se contradicen. Sin embargo, a estos “hijos de la tierra” se les ha invisibilizado desde tiempos coloniales; ellos siguen siendo inexistentes para la agenda del gobierno al que no “le aflige el desastre de su pueblo” (Am 6,6).

En este “pueblo de la tierra” del Paraguay vos, querido Papa Francisco, encontrará el Pueblo de Dios el que en su lucha por los mismos valores: justicia, fraternidad, solidaridad, igualdad. Ellos son los bienaventurados los que saben vivir en y con esa tierra paraguaya y con toda la vida que la habita, atentos a los principios de la naturaleza y sintonizando con ellos para responder a los sueños de su Creador.

Ellos dan un aporte insustituible a la identidad cultural de nuestro pueblo. El aroma y los saberes de la tierra así como la alegría de unirse en el trabajo comunitario, son fruto de su fe y amor en un Dios de Vida y de Comunidad, formando un solo Pueblo en la diversidad.  La experiencia de vida en y con la tierra les ha confirmado la verdad del mensaje evangélico y juntos quieren llegar hacia la plenitud de vida prometida por Jesús (cf. Jn 10,10). 

 

Esta es la realidad de nuestro “pueblo de la Tierra”, querido Papa Francisco. Es importante que vos escuches su voz, pues le hablará con propias palabras, y ya sabemos que  vox populi est vox Dei. El pueblo le acogerá en su idioma propio, el guaraní, transmitiéndole su alma a través de sus palabras. Ese pueblo espera ser escuchado por vos en su tierra y espera de vos una palabra de aliento y alegría para su lucha incansable por más vida.

No quiero ser la “voz de los sin voz” pues los “hijos de la tierra paraguaya” ya tienen propia voz y propias palabras. Pero le aseguro que al encontrarse con ellos y al escucharles en su “hábitat”, así como lo hizo Jesús, vos vas a encontrarte con el “corazón” del pueblo paraguayo.    

Un cordial abrazo con olor a tierra paraguaya

 Margot Bremer rscj

 

 



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