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CONFERENCIAS EPISCOPALES DE AMÉRICA LATINA Y EL CARIBE
Sabado 23 de Mayo del 2015
Homilía Mons. Jorge Lozano en ocasión del día de la beatificación de monseñor Óscar Romero
Catedral Metropolitana

Misa en ocasión del día de la beatificación de monseñor Óscar Romero

Monseñor Romero, mártir y amigo de los pobres y excluidos


Eran las 18:25 de aquella tarde del 24 de marzo de 1980. Monseñor Romero celebraba como todos los días la misa en la capilla del hospital "La Divina Providencia" que atiende enfermos de cáncer. Había dedicado la predicación a meditar acerca del sentido de la vida y de la muerte. Promediando la celebración, en el momento de ofrecer el pan y el vino, un francotirador desde la altura de la puerta del templo le disparó al corazón provocando su muerte. Varias veces había recibido amenazas contra su vida. Nos unimos en esta celebración a la Iglesia y al Pueblo de El Salvador en acción de gracias por su Beatificación. La palabra Beato (del latín, beatus) significa “feliz”. Y nuestro hermano Arzobispo fue y es feliz por seguir a Jesús, predicar su Palabra, amar a sus hijos más pequeños.


El Papa Francisco firmó el decreto que reconoce el martirio de Mons. Óscar Arnulfo Romero, esto quiere decir que se declara que fue asesinado por odio a la fe. La palabra “mártir” es de origen griego, y traducida significa “testigo”, y él lo es de la muerte y resurrección de Jesucristo. El martirio es el punto culminante, pero no debemos dejar de valorar su vida y su obra.

Nació en 1917 en el seno de una familia humilde y trabajadora. Al ser designado obispo en 1970, eligió como lema de su consagración episcopal "sentir con la Iglesia". Y así lo hizo.

Como arzobispo dedicaba buena parte de su tiempo a recorrer los barrios más pobres, visitar las familias, comunidades religiosas. Sus zapatos conocieron el barro de las periferias de la ciudad, impregnándose del olor de los caminos que transitan los pobres. Como decimos entre nosotros, preparaba su predicación “pateando la calle”: "...Por eso le pido al Señor, durante toda la semana, mientras voy recogiendo el clamor del pueblo y el dolor de tanto crimen, la ignominia de tanta violencia, que me dé la palabra oportuna para consolar, para denunciar, para llamar al arrepentimiento, y aunque siga siendo una voz que clama en el desierto, sé que la Iglesia está haciendo el esfuerzo por cumplir con su misión". (23/3/80) Estas palabras me evocaban la expresión del obispo Angelelli, “con un oído en el pueblo y otro en el Evangelio”. Romero también era un hombre de profunda oración. Todos los días se levantaba temprano y dedicaba un buen rato a la meditación de la Palabra de Dios y a contarle al Señor de los rostros con los que se había cruzado. “Hemos de incorporar este valor de la oración, a la promoción Humana, porque si no hacemos oración, miramos las cosas con mucha miopía, con resentimientos, con odios, con violencia; y es solo hundiéndose en el corazón de Dios donde se comprenden los planes de Dios sobre la historia, solo hundiéndose en momentos de oración íntima con el Señor es cuando aprendemos a ver en el rostro del hombre, sobre todo el más sufrido, el más pobre, el más harapiento, la imagen de Dios y trabajamos por él.” (16/10/77)
 
De esta contemplación del misterio del dolor humano y la hondura del Amor de Dios hablaba nuestro pastor Romero. Por eso su homilía era esperada cada domingo como luz que alumbra el camino a seguir y como bálsamo fuente de esperanza y consuelo.


Su predicación y sus gestos siempre expresaban cercanía ante quienes se sienten que son nada. Su alma supo del dolor por el desprecio a la vida que se palpa en cada guerra. Su pueblo estaba padeciendo en esos años enfrentamientos armados. Se afligía su corazón cuando se anoticiaba de las torturas, de las matanzas de campesinos por reclamar sus derechos. Sufría con la violencia raticida. "Ojalá me estuvieran escuchando hombres que tienen sus manos manchadas de homicidio. ¡Son muchos, por desgracia! Porque también es homicida el que tortura (...) Nadie puede poner la mano sobre otro hombre porque el hombre es imagen de Dios. ¡No matarás!" (18/3/79)


 
Romero señalaba y cuestionaba sin realizar una descripción aséptica de la realidad. Denunciaba con firmeza y claridad, sin lenguajes ambiguos o elípticos. Lo suyo no era la “equidistancia” sino la cercanía con los más débiles, los vulnerables vulnerados, los pobres, los campesinos explotados y oprimidos.
 
Se reconocía profundamente amado por Jesús y en esa certeza apoyaba su esperanza. "A lo largo de la historia nadie conoce un amor, diríamos, tan loco, tan exagerado: de darse hasta quedar crucificado en una Cruz." (23/3/78) Ese amor de Jesús no lo hacía vivir en las nubes, sino que sacudía el adormecimiento de lo que Francisco llama “conciencia aislada” de unos pocos cristianos que llevaban una vida de lujo y despilfarro, indiferentes al hambre y la miseria de los campesinos y trabajadores explotados. Por eso enseñaba que "una religión de misa dominical pero de semanas injustas, no gusta al Señor. Una religión de mucho rezo pero con hipocresía en el corazón no es cristiana". (4/12/77)


Son muchos los temas que abordó en sus catequesis: familia, ancianos, niños, misión de la Iglesia, reforma agraria, oración... A él le gustaba ser llamado "el catequista de la diócesis".(16/9/79) Me contaron que cuando el Arzobispo llegaba a un barrio humilde (como una villa o asentamiento) quienes primero salían corriendo a recibirlo eran los niños. Él tenía una debilidad particular hacia ellos. Una vez predicó: “¡Cuánto vale más para mí que un niño me tenga la confianza de sonreírme, de abrazarme y hasta de darme un beso a la salida de la Iglesia, que si tuviera millones [en dinero] y fuera espantable a los niños!”. (23/9/79)
 
Siempre buscó la paz y la justicia, y tuvo una firme opción de condena a la violencia. Dirigiéndose al ejército, a la guardia nacional, a la policía, predicó el domingo antes que lo mataran: "En nombre de Dios, pues, y de este sufrido pueblo cuyos lamentos suben hasta el cielo cada día más tumultuosos, les suplico, les ruego, les ordeno en nombre de Dios: ¡Cese la represión...!". (23/3/80)


 Su muerte no fue casual ni al voleo. Quisieron acallar su voz. Y Monseñor Romero no evadió la hora que le tocó afrontar. Contemplando a Jesús sabía que el buen pastor da la vida por el rebaño, no escapa cuando ve venir al lobo. Él sabía lo exigente del seguimiento de Jesús: "Amor a Dios hasta el exceso de dejarse matar por Él; y amor al prójimo, hasta quedar crucificados por los prójimos". (3/7/77).


Demos gracias a Dios por este Pastor que vivió a fondo el Evangelio, y animémonos a mirarnos en el espejo de su vida.



+Jorge Eduardo Lozano
Obispo de Gualeguaychú
 Entre Ríos – Argentina

 



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